sábado, 2 de marzo de 2013

SUR DE ARGENTINA

El viaje hacia Calafate, treinta y seis horas hasta llegar al destino, atravesando toda la Patagonia, extensiones interminables de matorrales, sequedad es lo que se aprecia, combinándose ovejas, yamas, avestruces y aves que no llego a identificar. Se aprecian llanuras con la cordillera andina hacia la derecho, un paisaje que debe asustar en época de invierno con todo nevado.

El pueblo de Calafate, como todos los de la zona consta de una gran calle principal, donde se van posicionado las cuadras (manzanas) formando una cuadrícula, todo junto al lago mayor de Argentina. Lo primero que hago al llegar es dirigirme al hostel, darme una ducha y salir a conocer un poco el pueblo, varias exclusiones son las que se ofrecen para hacer por la zona, como no se pueden hacer todas elijo ir esa misma tarde al bar de hielo. El bar se encuentra dentro del glaciarium, creía que estaba dentro de algún glaciar y me lleve una decepción al decirme que era artificial, pero fue entrar y cambiar completamente de opinión, una de cámara frigorífica enorme es donde alberga el bar construido con hielo del glaciar. Primero unos ponchos y guantes térmicos, ya te notas que estas viviendo un poco esquimal, pero es abrir la puerta y entrar estando todo rodeado de hielo, paredes, techo, esculturas, mobiliario, barra, el propio vaso donde te sirven la bebida y quedas completamente trasladado a otro mundo. Al ser grupos no muy grandes enseguida conoces a tus compañeros mientras vas haciendo fotos y tomándote las copas, aquí conecte bastante bien con una pareja de Buenos Aires. Todo iluminado con luces de colores transparentando el mobiliario, paredes y esculturas mientras suena música de pub, aunque entre a las cinco de la tarde, pronto te transporta a la noche. Ya con cuerpo de noche a la vuelta a Calafate hay que seguir de ruta nocturna, poco tiempo porque el cuerpo después de haber estado tantas horas sentado en el autobús te pide que te tumbes, pero el suficiente para probar alguna cerveza artesanal, aunque lo que tome el el bar de hielo fueron unos peche con coca cola, bebida que toman los argentinos como copa. Pensaba probarla por primera vez a mi llegada a Buenos Aires con Federico, pero decidí que el bar de hielo sería un buen sitio.

La mañana dedicada a un paseo por la laguna, caballos y sobre todo aves que inmigran a esta zona en la época de verano desde el norte de América, distintas especies de patos, gansos, flamencos son algunas de las especies que se ven en mayor número.

Aunque por un comentario que leí y me sentó bastante mal, estuve unas horas sin parar de darle vueltas, sin entender porque si no me habían mandado en este tiempo ninguno positivo, recibía ese, aunque de sobra se que fue sin mala intención. Pero la mente es libre y me afecto. Sabía que a la una salía a ver el glaciar Perito Moreno y me fastidiaba no estar con el ánimo al cien por cien. Ya montado en el microbús que nos llevaba al parque nacional, y ante las explicaciones del guía informándonos de todo lo que íbamos viendo, cauces de glaciares de la época primaria, la fuerza al tropezar las placas continentales dando lugar a la Cordillera Andina, montes arrasados por la fuerza de hielo, con enormes piedras, restos de las cimas de las montañas, es cuando realmente aprendes, recuerdas y entiendes todo lo estudiado de pequeño. Conforme te vas acercando el paisaje cambia al tener más humedad al año, y los arbustos se van transformando en árboles. Llegamos a la península protegida, y transcurridos treinta kilómetros viendo un lago con un color muy especial debido a un mineral de las rocas arrastradas que se queda en la superficie del lago en vez de posarse en el fondo, de color turquesa claro, tomamos una curva y de repente es cuando te quedas sin palabras, ves al fondo cerrando el lago una pared de sesenta metros de alta, de hielo, con agujas en su superficie de nieve compactada y te quedas sin saber que decir, sin saber que pensar, paras para hacer fotos en el mirador "suspiros", nombre completamente acertado, viendo la lengua del glaciar y sabiendo que la especie humana somos algo insignificante y con fecha de caducidad ante algo así formado por millones de años. Ya estas completamente sorprendido, pero después de coges el barco a pocos metros del glaciar y ver esa pared con sus sombras y luces atravesadas por los rayos de sol con unos colores de todas las gamas de azules, desde los más pálidos a los más intensos y notar que algo que tiene tantos millones de años tiene vida propia, avanzando desplomando se paredes de hielo con un ruido indescriptible, entre gran trueno, agua sacudida con ecos entre las montañas, siendo la primera vez que escuchas algo semejante, te quedas completamente emocionado, no quieres que pare y se impregne en tu mente para no olvidar una maravilla así, después continuas por pasarelas que se acercan al glaciar desde la península en dos de sus caras, ves como avanza y aprecias el entaponamiento que crea el glaciar cada cierto tiempo, taponando el lago, formando una cueva posterior y derrumbándola de nuevo hacia la otra parte del lago -el último derrumbe se produjo el marzo pasado-. Ya en las pasarelas tienes que dar gracias por hacer un día de sol, facilitando el desplome, sin lluvias ni vientos que te incomoden la visita y quedarte durante horas viendo el glaciar y sobre todo escucharlo, queriendo formar parte de algo tan grandioso.

Contra la naturaleza no se puede luchar, como os conté con los volcanes. Una verdadera pena es no poder apreciar todo esto en fotos, he llegado en verano con los alrededores sin nevar, con el contraste del hielo compacto, el verde de los árboles y cimas peladas. Horas tarde en poder asimilar toda esa magia. Ya de vuelta preparé la maleta y salí coincidiendo con la pareja de argentinos del bar de hielo, charla nocturna con vino de la época hasta las dos para coger el autobús que tras cuarenta y tres horas me trajo a Buenos Aires. Atravesando de nuevo la estepa la Patagonia, con los paisajes de secano y llanos que recurda un poco a los murcianos a no ser por los animales y las grandes extensiones, rectas en carretera que no sabría precisar su longitud pero que no alcanzas a ver con la vista, kilómetros y kilómetros entre poblaciones, unas veces subiendo por la costa, otras por el interior y conforme asciendes, unas veces convirtiéndose los matorrales pequeños en otros de mayor tamaño, llegando a zonas de arbolado y viceversa, paisajes que van cambiando poco a poco y que casi no aprecias debidos a los kilómetros de transformación. Voy llegando a Buenos Aires y sólo puedo dar las gracias por estos días intensos de cosas nuevas e interioridad en tantas horas de soledad que dan los largos viajes.

Besos mil.

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